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Verse bien para sentirse mejor no es una forma de hablar

Sentirte en equilibrio con tu imagen establece un diálogo favorable con tu cerebro.

Todas conocemos el efecto cuando el espejo nos devuelve una imagen con la que nos sentimos en paz y confort, cuando nos reconocemos en la mejor versión de nosotras mismas.

El por qué somos capaces de cuidar y honrar y preocuparnos por los demás más que de nosotras es aún un misterio sin resolver, y merecería capítulo aparte.

Imagina que tienes a un invitado en casa y le pones a tomar su café del desayuno en la cocina, de pie, mirando a la lavadora, con una tostada en una mano y la taza en la otra, mientras le dices que se lo tiene que terminar en 5 minutos, de un trago.

Y que tiene que salir de casa con el pelo mojado y sin echarse un vistazo al espejo. ¿Te ríes? Pues así nos tratamos (demasiado) a menudo a nosotras mismas.

El espejo que son los demás

Además de ser seres sociales y necesitar la mirada del otro, su valoración es clave en nuestra autoestima; tanto que hay psicólogos que dicen que no podríamos vivir sin el feedback de los demás, y mucho más cuando se trata de nuestra imagen.

Si no lo crees, haz la prueba y pásate una semana sin peinarte, por ejemplo. Prueba a hacerlo el día octavo. Y mira lo que pasa.

No somos conscientes de lo que nuestra imagen representa hasta que no vivimos un cambio en nuestras vidas.

Llevamos 40 años atendiendo a clientas que están pasando por un proceso oncológico, y son legión las que nos cuentan que no daban importancia a su cabello ni a su piel hasta que no se les empezó a caer el primero o a irritar la segunda.

Por eso en estos casos es todavía más evidente lo delicado de cuidar al detalle la mirada que te devuelve el espejo.

Y es que al drama mismo de la enfermedad y lo desesperante de la incertidumbre se une el descoloque de la propia imagen, de la percepción de una misma.

Es justo en esos momentos cuando la autoimagen ayuda más que nunca. «Aporta mucho incluso en el proceso de curación«, relata Ángela Navarro, nuestra alma mater.

Por eso, hoy desde aquí rompemos una lanza en favor de la no superficialidad de cuidarse.

Porque somos alma, somos espíritu y personalidad, pero también, nos guste o no, materia: un organismo que ve, siente, huele, respira y toca y que está directamente conectado a nuestro cerebro.

También a lo que nos decimos a nosotras mismas cada día. Que a la primera persona que ve cuando suena el despertador es sí misma en el espejo del cuarto de baño. Y a esa es a la que debemos tener, más que a nadie, de nuestro lado.

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